
Eran las 5 de la tarde de un sábado corriente...Solo sentía el agua golpear suavemente su piel, regularmente. No sabía cuanto tiempo llevaba ahí, ¿días, horas, minutos? Eso era lo que quería precisamente, perder la noción del tiempo, no saber donde estaba, solo respirar el vapor de agua, del agua que emanaba de aquella fuente sin fin, y que se le antojaba demasiado caliente, pero no le importó, ese momento era suyo, solo suyo...
-¡¡¡VERÓNICA!!!.-retumbó la inoportuna voz de su madre por toda la casa- ¡vamos, sal de la ducha, que corre el agua, llevas ahí metida más de media hora!
Paz rota, momento perdido, siempre lo mismo... Verónica cerró el grifo, no sin resignación, y salió de la ducha, empapada, mojando abundantemente el suelo. Ser recogió el pelo con una toalla seca y se cubrió con su albornoz...
Rato después me fui. No sabía a donde ni me importaba. Cerré la puerta de un portazo mientras escuchaba un preocupado “vuelve antes de las...”
Empecé a andar sin rumbo fijo. Lo único que quería era desaparecer en una gran ciudad, donde nadie me conociese, ser una mas...
Cogí el tren. Cada vez que esa estúpida señora con una voz insoportablemente aguda pronunciaba “próxima parada...” hacía el intento de levantarme, pero al oír el poco apetecible nombre de los destinos que seguían a esa frase que se repetía una y otra vez, decidía quedarme quieta y esperar otro mejor. Los otros cuatro pasajeros que estaban en mi vagón empezaron a mirarme extraño. No me importó, al fin y al cabo era distinta el resto...y eso era lo que más odiaba en el mundo...
Así llegué al destino del tren. Atocha. Me apetecía bajarme ahí tan poco como en las estaciones anteriores. Me hubiera quedado a vivir en el tren, hacía una temperatura agradable...
Sin más remedio bajé al andén. Al darme cuenta de que no tenía ni idea de donde iba, me pregunté por primera vez en aquella tarde qué coño hacía allí.
Después de dar mil vueltas, conseguí salir de la estación y decidí caminar por una calle que parecía bastante larga. Al cabo de un rato, estaba ya algo cansada, por lo que decidí coger el metro. Después de tener una pequeña pelea con la máquina dispensadora de ticket y después de elegir al azar uno de los pasillos que llevaban a las vías, llegué justo a tiempo para que el tren subterráneo se cerrara delante de mis narices....es lo que tiene ser novata. El próximo llegaría en seis eternos minutos.
Odiaba, pero a la vez me encantaban , los espacios en los que había mucha gente. Eran algo agobiantes, pero podías pasar desapercibida sin problemas y como había gente de todo tipo, nadie te iba a decir si ibas bien vestida, o si esos zapatos eran los adecuados.
Conseguí agarrarme a una de las barras del techo para no caerme. No sabía cuando me iba a bajar, así que aproveché una estación en la que, como se bajaba mucha gente, recibí un par de empujones, para dejarme llevar por la muchedumbre.
Sol, al salir vi que había ido a parar a Sol. Después de deambular un rato por allí, decidí meterme al McDonadl’s más cercano que, como no, estaba también a rebosar de gente. Tuve que esperar casi una hora para poder pedir uno de esos asquerosos cafés de sabor indescriptible. Subí a la planta de arriba, estaba llena de gente con bandejas en sus manos, y niños con estúpidos “happy meals” buscando mesa. Pude divisar una libre, con una sola silla, en un rincón, apartado del resto de la sala. Me senté allí, y empecé a intercalar pensamientos con sorbos de ese asqueroso café...
“Quizás el planeta había empezado a invertirse. Eso justificaría que ahora todo fuera lo contrario a como eran las cosas durante el día anterior, y sería la explicación de por qué confiaba en lo que antes me había parecido lo más abominable del mundo...”
El casi gruñido de alguien dirigiéndose hacia mí me distrajo:
.- ¿Vas a tardar mucho?
Pensé en responder algo así como: -Lo que a mi me de la gana.- pero no quise parecer grosera y solo pude articular un tímido: .-no, no, ya me iba.-
Al salir a la calle, una bofetada de aire frío me hizo volver a la realidad. Miré el reloj. Había estado casi hora y media ahí dentro.
Caminé otra vez sin rumbo, mirando a la nada, dirigiéndome hacia ningún sitio. Así llegué a un bonito parque, donde me tiré en el césped a ver ese atardecer...parecía que el cielo iba a salir ardiendo...
"Era vergonzoso cómo mi mundo de repente parecía estar vacío de todo, menos de ella. Toda mi existencia centrada a su alrededor, más que en el mío.
Como un rayo de luz entrando en la oscuridad, en mi vida entraste tú y todo empezó a cambiar. Me arropaste en tu calor y entendí que tendría frío sin ti. Comenzamos a soñar con un mundo entre las dos, una extraña comunión entre la luna y el sol. Demasiado iguales y a la vez atrapadas por una pasión sin fin. Muchas veces pensé que todo eso acabaría mal. Volar tan cerca del sol solo me podía quemar, pero es ya tarde para escapar de esta pesadilla sin fin..."
Una voz dentro de mí me hablaba, yo intentaba no escucharla, pero cada vez era más fuerte, acabé rindiéndome a ella.
“Fuera del camino hay luciérnagas dando vueltas, en la profundidad del bosque, donde las almas perdidas se ocultan. Sobre la colina hay hombres regresando intentando encontrar tranquilidad.Bajo la niebla hay sombras moviéndose. No tengas miedo, toma mi mano pues en la oscuridad hay párpados cerrándose, enterrados vivos en las arenas movedizas... Háblame ahora y el mundo se derrumbará, abre una puerta y la luna se caerá. Toda tu vida, todos tus recuerdos... ve a tus sueños y olvídalo todo, duerme para siempre...”
Se levantó de la cama, dejando caer las sábanas a su alrededor como pétalos muertos de una flor que se ha quedado seca con el tiempo. Contempló su desnudez en el espejo mientras respiraba hondo, y acarició su piel morena, sintiendo toda su tersura bajo la yema de sus dedos. Sin saber cómo era posible, unos fuertes brazos se anudaron a su alrededor como lazos de una ternura infinita, haciéndola sentir segura, llenándola del calor de cientos de amantes perdidos que en realidad nunca existieron, pero que su mente podía dibujar a la perfección sin esfuerzo. Se dio la vuelta para perderse en sus labios, mas sólo pudo verse en sus ojos un instante antes de que se desvaneciera. Su amante imaginario se llevó todo el calor de la habitación y un frío denso se extendió por el suelo hasta anudarse en sus tobillos y trepar por sus piernas, paralizándola.